Dicen que cualquier virtud o defecto es bueno en su justa medida. ¿Y qué hay de la vanidad? Podría decirse que es la nueva enfermedad de las masas, la peste negra de las dos últimas décadas. Ha existido siempre, ¿qué duda cabe?, pero es ahora cuando ha alcanzado su máximo poder y dominio sobre la humanidad. Lo que la hace particularmente repulsiva ahora es su descomunal divulgación entre la muchedumbre y el hecho de que esa misma muchedumbre ya no exige ser admirada por sus méritos (cualesquiera que esos méritos fuesen siglos atrás), sino por algo que no deja de asombrarme: la superficialidad personal y el alejamiento de lo natural – superficialidad, nutrida por materialismo patológico y falta de valores y ética personal, y una huida de lo natural, alcanzando un nivel de artificialidad tanto mental como corporal, espejo de la decadencia de personalidad que cada uno lleva dentro pero que ninguno ve ni comprende.
El falso valor del dinero – un mal derivado del capitalismo - fomenta la vanidad. Es la variable independiente que condiciona tal lacra mediante una función de proporcionalidad directa entre el tamaño del vicio y el peso del dinero que cada uno posee. El abismo que hay entre el Norte y el Sur, entre los ricos y los pobres marca los límites de tal distanciamiento y falta de interés por parte de los primeros. Deja de importarles lo que sufren algunos, no piensan en cómo ayudar. Mientras, adquiere vital importancia hacerse con un coche más caro, tener el mejor peinado del barrio o presumir de cuerpo „sano“ y „jóven“ a los setenta. La belleza – física, por supuesto – alcanza una nueva magnitud en el siglo de la superficialidad mundana, alimentada por los rapaces medios de comunicación que la difunden. Cegados por el resplandor de su hechizo, esogemos no ver la impertinencia de esos falsos valores que nos inculcan las mentes perversas detrás de un malvado sistema llamado capitalismo. Y es que ante la fuerza incuestionable de un bolsillo lleno nos olvidamos del humanismo y volvemos las miradas para admirar el falso brillo de una felicidad comprada. Así somos todos, algunos más que otros, por supuesto, pero todos, al fin y al cabo, por ser todos unos simples mortales. Escondemos las cabezas en la arena, como los avestruces, para no tener que mirar la miseria que algunos llevan escrita en la cara. Y si, por alguna remota casualidad, a algunos les queda un granito de piedad, deciden matarlo para que no les incordie. „Cada uno tiene lo que se merece“, me dijo alguien alguna vez. ¿En serio? ¿Es esta nuestra respuesta ante tal injusticia humana? ¡Es muy triste que esa vana convicción sea suficiente para que algunos duerman bien por las noches! Y claro, ellos merecen ser ricos e inconscientes, muchos de ellos explotadores, otros manipuladores o maltratadores, y otros simplemente personas insignificantes, necias y muy superficiales que no se dan cuenta de lo que han llegado a ser, de la pérdida de su condición de humanos y de lo poco que valen en realidad todas esas creencias materiales que tanto adoran y defienden. Porque si no somos buenos por dentro, si no valoramos la empatía, la misericordia, la tolerancia y la caridad, si no creemos que cada uno merece vivir en un mundo mejor y no queremos ayudar, aun si está a nuestro alcance, entonces, ¿qué nos da derecho a pensar que nosotros mismos merecemos esos derechos que no proclamamos para los prójimos?
Es una tragedia que la gente quiera ser admirada por llevar ropa de marca o por tener implantadas piedrecitas Swarovski en las uñas de los pies. Es una locura pensar que por no poder ayudar a todo el mundo no merece la pena intentar ayudar a unos pocos y seguir, en vez de ello, comprando el „Diez Minutos“ para leerlo del revés mientras miran las fotos de unas famosas-da igual-porqué, porque las noticias les aburren. ¿Hasta cuando vamos a mirar al otro lado para evitar la incómoda verdad de nuestro ocaso? ¿Cómo puede alguien alardear del dinero que se gastó en una cirugía estética, en un entrenador personal, en una nueva „novia“ o en un implante de pechos, mientras haya niños que mueren de hambre cada día? Y lo más lamentable de todo es que esas personas consiguen atraparnos en sus redes de frivolidad, trivialidad y pobreza de espíritu, haciendo que queramos ser como ellos, ¡Dios sabrá cómo y por qué!
¿Somos todos así? ¿Vamos todos al mismo sitio? ¿Existe todavía esperanza para la raza humana o es que todos vamos encaminados – sin prisas, pero sin pausas – hacia el declive definitivo de lo que antes era la especie más racional de la Tierra? No tengo las respuestas pero sí sé una cosa: cada uno lleva dentro de sí la cruz individual de su potencial humano y el grado de nihilismo que éste va alcanzando con los años. De nosotros depende qué haremos con él, pero tal y como yo veo las cosas, no nos espera nada bueno. ¡Espero haberme equivocado!
miércoles, 8 de septiembre de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
... Simplemente como somos ...
A nuestras preguntas finales
el tiempo no da respuestas.
Vivimos la vida de otros
porque ser uno mismo cuesta.
¿Buscamos ser lo que somos?
y, ¿somos lo que buscamos?
El infecto ardor del dinero
nos deja donde estamos.
¿Es libre aquél que respira
el aire confuso del brío?
¿O son sus deseos innatos
una cárcel infausta y sombría?
Esclavos de falsas costumbres,
frenamos nuestros instintos.
Por muy valientes que seamos
no osamos ser los distintos.
Cánones,normas, rutinas.
Nosotros mismos creamos los muros.
Sumidos en un mar puritano
no logramos salir de apuros.
Construimos ciudades fantasmas
basadas en la hipocresía.
Nos cubre una densa niebla
de fingidas sonrisas y cortesía.
Pero si es verdad que viene
un final triste y frío,
¿para qué levantamos entonces
paredes en un mundo vacío?
De nuestra naturaleza humana,
¡fariseos!, colgamos del garfio,
y cuando la farsa acaba
su huella persiste cual epitafio.
el tiempo no da respuestas.
Vivimos la vida de otros
porque ser uno mismo cuesta.
¿Buscamos ser lo que somos?
y, ¿somos lo que buscamos?
El infecto ardor del dinero
nos deja donde estamos.
¿Es libre aquél que respira
el aire confuso del brío?
¿O son sus deseos innatos
una cárcel infausta y sombría?
Esclavos de falsas costumbres,
frenamos nuestros instintos.
Por muy valientes que seamos
no osamos ser los distintos.
Cánones,normas, rutinas.
Nosotros mismos creamos los muros.
Sumidos en un mar puritano
no logramos salir de apuros.
Construimos ciudades fantasmas
basadas en la hipocresía.
Nos cubre una densa niebla
de fingidas sonrisas y cortesía.
Pero si es verdad que viene
un final triste y frío,
¿para qué levantamos entonces
paredes en un mundo vacío?
De nuestra naturaleza humana,
¡fariseos!, colgamos del garfio,
y cuando la farsa acaba
su huella persiste cual epitafio.
lunes, 26 de julio de 2010
De los prejuicios ...
¡Hola de nuevo!
He vuelto con un tema que nos implica a todos, el viejo e incómodo tema de los prejuicios. Y es que los hay por doquier. Sin ir más lejos, ayer mismo tuve unos terribles prejuicios acerca de alguien a quien no conozco. Pero igual que los que los confesamos, los que no lo hacen también los tienen, les sea fácil o no admitirlo. Pero, ¿cómo surgen? ¿De qué se nutren? Bueno, eso depende de la persona que los tiene. Podrían engendrarse en una mente no abierta por ignorancia, estrechez mental, envidia ... Éstas no son precisamente cualidades positivas, lo sé.
Mi libro favorito es "Orgullo y Prejuicios" de Jane Austen. Los temas que toca la autora en esta novela son actuales también hoy en día. No puedo dejar de verlos muy interrelacionados. Cuanto más orgullo propio tiene una persona, tanto más tiende a menospreciar a los demás. Y menospreciando a los demás es una forma bastante frecuente de formarse uno prejuicios acerca de los que le rodean.
Pero más que analizar la naturaleza de este fenómeno tan humano, lo que pretendo es ofrecer una crítica al asunto, mostrar mi inconformismo, por así decirlo. Y, en efecto, si tener prejuicios nos hace humanos, reprimirlos en su etapa de desarrollo nos hace más humanos todavía.
Cada persona dice o hace cosas que podrían resultar extrañas, molestas, incomprensibles, e incluso prohibidas, pero no por ello debemos creer estar en posición de criticar, de valorar, de juzgar, en definitiva. Porque cada persona es un mundo. Y detrás de cada uno hay una historia que contar. Igual que las monedas tienen dos caras, los hechos tienen dos formas de ser contados: la del protagonista y la de los demás. Seguro que si buscamos bien encontraremos algo que excuse lo que de mala manera juzgamos. Porque no todos los prejuicios se hacen acerca de personas desaprobables que no merecen un juicio justo y absolutorio. Porque aunque la ignorancia, la envidia y la rabia, como fuentes de hechos que provacan prejuicios, sean reprobables, la miseria, el miedo y la pobreza de espíritu no lo son.
Y si queremos juzgar debemos saber que no es fácil la tarea del juzgador. Para juzgar a alguien, éste tiene que conocerle y conocer sus motivos para hacer lo que hizo. Porque tener prejuicios significa hacer juicios de valor acerca de algo sin tener los conocimientos previos necesarios para poderlo hacer de forma objetiva y justa, según el derecho natural.
No podemos dejarnos llevar por esos negativos juicios de valor que emitimos sin estar en posición de un juzgador objetivo y cualificado. Y esto es muy difícil de conseguir. Porque, al fin y al cabo, sólo somos humanos. Por ello, ¡abstenganse de "prejuzgar" aquellos que saben que no tienen derecho a hacerlo! ¡No podemos juzgar a alguien sin haber estado en sus zapatos!
Siempre es mejor conocer a la persona antes de tacharla de lo que sea. Darle una oportunidad a alguien es una acción humana, acorde con el iusnaturalismo. Pensad en todas aquellas personas de las que tuvisteis prejuicios y que ahora consideráis amigos. Ahora pensad en lo que habría pasado de no haber podido superar vuestros prejuicios hacia ellos. Los habríais ignorado,verdad? Será verdad que se pierde mucho con los prejuicios...
He vuelto con un tema que nos implica a todos, el viejo e incómodo tema de los prejuicios. Y es que los hay por doquier. Sin ir más lejos, ayer mismo tuve unos terribles prejuicios acerca de alguien a quien no conozco. Pero igual que los que los confesamos, los que no lo hacen también los tienen, les sea fácil o no admitirlo. Pero, ¿cómo surgen? ¿De qué se nutren? Bueno, eso depende de la persona que los tiene. Podrían engendrarse en una mente no abierta por ignorancia, estrechez mental, envidia ... Éstas no son precisamente cualidades positivas, lo sé.
Mi libro favorito es "Orgullo y Prejuicios" de Jane Austen. Los temas que toca la autora en esta novela son actuales también hoy en día. No puedo dejar de verlos muy interrelacionados. Cuanto más orgullo propio tiene una persona, tanto más tiende a menospreciar a los demás. Y menospreciando a los demás es una forma bastante frecuente de formarse uno prejuicios acerca de los que le rodean.
Pero más que analizar la naturaleza de este fenómeno tan humano, lo que pretendo es ofrecer una crítica al asunto, mostrar mi inconformismo, por así decirlo. Y, en efecto, si tener prejuicios nos hace humanos, reprimirlos en su etapa de desarrollo nos hace más humanos todavía.
Cada persona dice o hace cosas que podrían resultar extrañas, molestas, incomprensibles, e incluso prohibidas, pero no por ello debemos creer estar en posición de criticar, de valorar, de juzgar, en definitiva. Porque cada persona es un mundo. Y detrás de cada uno hay una historia que contar. Igual que las monedas tienen dos caras, los hechos tienen dos formas de ser contados: la del protagonista y la de los demás. Seguro que si buscamos bien encontraremos algo que excuse lo que de mala manera juzgamos. Porque no todos los prejuicios se hacen acerca de personas desaprobables que no merecen un juicio justo y absolutorio. Porque aunque la ignorancia, la envidia y la rabia, como fuentes de hechos que provacan prejuicios, sean reprobables, la miseria, el miedo y la pobreza de espíritu no lo son.
Y si queremos juzgar debemos saber que no es fácil la tarea del juzgador. Para juzgar a alguien, éste tiene que conocerle y conocer sus motivos para hacer lo que hizo. Porque tener prejuicios significa hacer juicios de valor acerca de algo sin tener los conocimientos previos necesarios para poderlo hacer de forma objetiva y justa, según el derecho natural.
No podemos dejarnos llevar por esos negativos juicios de valor que emitimos sin estar en posición de un juzgador objetivo y cualificado. Y esto es muy difícil de conseguir. Porque, al fin y al cabo, sólo somos humanos. Por ello, ¡abstenganse de "prejuzgar" aquellos que saben que no tienen derecho a hacerlo! ¡No podemos juzgar a alguien sin haber estado en sus zapatos!
Siempre es mejor conocer a la persona antes de tacharla de lo que sea. Darle una oportunidad a alguien es una acción humana, acorde con el iusnaturalismo. Pensad en todas aquellas personas de las que tuvisteis prejuicios y que ahora consideráis amigos. Ahora pensad en lo que habría pasado de no haber podido superar vuestros prejuicios hacia ellos. Los habríais ignorado,verdad? Será verdad que se pierde mucho con los prejuicios...
domingo, 4 de julio de 2010
Jane Austen y el espíritu romántico ...
Como romántica sin remedio que soy, me gusta mucho Jane Austen. No por el infalible happy end de sus historias de amor que tan felices nos hace siempre, o no sólo por él. Esta autora tiene un encanto personal, un modo de escribir refinado y sofisticado, muy suyo, que hace reconocibles sus escritos entre miles de otros. Es (o, más bien, fue) muy ingeniosa, muy escrupulosa a la hora de elaborar sus historias; sin duda alguna fue un gran genio de la literatura decimonónica. Pero las características de sus obras las puede encontrar el lector en la web, sólo con teclear su nombre en Google. Mi propósito es exponer las razones por las que me gusta a mí, de forma totalmente subjetiva y personal, compartir con vosotros lo que siento cada vez que mi mirada se pierde por las páginas de alguna de sus novelas.
Para empezar, sus personajes son redondos, bien pensados y construidos; las relaciones entre ellos son perfectamente imaginables y creíbles, y todo está descrito de forma amena, pero detallada que no deja nada al azar. Si bien es verdad que no hay mucha acción en sus tramas y que se apoya más bien en las descripciones y en las reflecciones de los personajes, yo no lo achaco sólo a la manera de escribir de la época. Es que Austen era tan buena describiendo paisajes, sentimientos y personas que, en conjunto, su obra difiere del habitual estilo lento y aburrido de la mayoría de los autores coetáneos. ´
Me gustan sus protagonistas: las mujeres, personificaciones de la virtud en su espíritu más lindo, y todas muy distintas a las heroínas adecuadas para la época. Con ello trasciende lo adelantada a su tiempo que fue la autora. Las mujeres no son tan hermosas como cabría esperar de una novela de la época, pero sí inteligentes, aunque esto último no era imprescindible en un mundo de hombres como el de la autora. Todos sus protagonistas masculinos son perfectos caballeros, inteligentes y sensibles, amables, generosos, seguros y ecuánimes, pero muy románticos. Les gusta la poesía y no se avergüenzan de sus sentimientos.
Los caracteres secundarios son a menudo superficiales, tonticos, avariciosos o envidiosas, pero también divertidos, descritos con mucha ironía, que aportan mucho color al relato y hacen de él un mundo.
Pero lo que más me gusta de todo es el ambiente acogedor que Jane Austen crea en sus novelas. La tranquilidad de la vida en el campo, la apacible naturaleza de sus protagonistas que no hacen que las cosas ocurran sino que esperan pacientemente ... Todo esto me traslada a un mundo diferente, pasado, austeniano que se adapta a mi temperamento melancólico y me hace sentir como en casa.
Confieso que a veces me siento fuera de lugar en cuanto a nuestro mundo moderno y dinámico. Prefiero las modales refinadas a la falta de ellos, las cartas escritas a mano al teléfono, la lectura a las películas, y hecho de menos (aun sin haberla vivido) aquella época en la que los seres humanos se paraban a refleccionar de forma pormenorizada acerca de sus actuaciones, en la que los hombres cortejaban a las mujeres y éstas se dejaban cortejar, el tiempo en el que merecía la pena tomarse las molestias de expresar un agradecimiento, excusa o pésame porque éste iba a ser aceptado e iba a significar algo más que un acto automático obligado.
Con todo, soy consciente de lo mucho que hemos progresado desde aquella época y de que existen mil razones para preferir nuestro mundo al austeniano. Entre ellos podría citar la igualdad de sexos, razas y clases sociales, los avances de la medicina, las comodidades de las que disponemos ... Pero no puedo evitar preguntarme, ¿era TODO aquello obsoleto e innecesario? Y, ¿necesitaba TODO ser reformado y modernizado? Dejando aparte las tecnologías que, evidentemente, iban a progresar y con ellas también nuestro mundo y nuestra forma de ser, ¿no podríamos haber mantenido al menos el sentido de lo romántico? Porque una llamada telefónica no vale tanto como una carta bien escrita, porque las cenas a la luz de las velas no son más que veladas cursis e incómodas que pretenden ser algo más, porque San Valentín no debería ser el único día en el que las mujeres puedan recibir flores sin que sus parejas sean considerados unos blandengues y unos maricas por los demás, porque una caja de bonbones Milka en forma de corazón no es más que una horterada y un intento de "lavarse las manos" y cumplir con una obligación romántica. En definitiva, porque lo romántico en aquellos tiempos no era la consecuencia molesta de una convivencia en pareja, sino su causa.
Para empezar, sus personajes son redondos, bien pensados y construidos; las relaciones entre ellos son perfectamente imaginables y creíbles, y todo está descrito de forma amena, pero detallada que no deja nada al azar. Si bien es verdad que no hay mucha acción en sus tramas y que se apoya más bien en las descripciones y en las reflecciones de los personajes, yo no lo achaco sólo a la manera de escribir de la época. Es que Austen era tan buena describiendo paisajes, sentimientos y personas que, en conjunto, su obra difiere del habitual estilo lento y aburrido de la mayoría de los autores coetáneos. ´
Me gustan sus protagonistas: las mujeres, personificaciones de la virtud en su espíritu más lindo, y todas muy distintas a las heroínas adecuadas para la época. Con ello trasciende lo adelantada a su tiempo que fue la autora. Las mujeres no son tan hermosas como cabría esperar de una novela de la época, pero sí inteligentes, aunque esto último no era imprescindible en un mundo de hombres como el de la autora. Todos sus protagonistas masculinos son perfectos caballeros, inteligentes y sensibles, amables, generosos, seguros y ecuánimes, pero muy románticos. Les gusta la poesía y no se avergüenzan de sus sentimientos.
Los caracteres secundarios son a menudo superficiales, tonticos, avariciosos o envidiosas, pero también divertidos, descritos con mucha ironía, que aportan mucho color al relato y hacen de él un mundo.
Pero lo que más me gusta de todo es el ambiente acogedor que Jane Austen crea en sus novelas. La tranquilidad de la vida en el campo, la apacible naturaleza de sus protagonistas que no hacen que las cosas ocurran sino que esperan pacientemente ... Todo esto me traslada a un mundo diferente, pasado, austeniano que se adapta a mi temperamento melancólico y me hace sentir como en casa.
Confieso que a veces me siento fuera de lugar en cuanto a nuestro mundo moderno y dinámico. Prefiero las modales refinadas a la falta de ellos, las cartas escritas a mano al teléfono, la lectura a las películas, y hecho de menos (aun sin haberla vivido) aquella época en la que los seres humanos se paraban a refleccionar de forma pormenorizada acerca de sus actuaciones, en la que los hombres cortejaban a las mujeres y éstas se dejaban cortejar, el tiempo en el que merecía la pena tomarse las molestias de expresar un agradecimiento, excusa o pésame porque éste iba a ser aceptado e iba a significar algo más que un acto automático obligado.
Con todo, soy consciente de lo mucho que hemos progresado desde aquella época y de que existen mil razones para preferir nuestro mundo al austeniano. Entre ellos podría citar la igualdad de sexos, razas y clases sociales, los avances de la medicina, las comodidades de las que disponemos ... Pero no puedo evitar preguntarme, ¿era TODO aquello obsoleto e innecesario? Y, ¿necesitaba TODO ser reformado y modernizado? Dejando aparte las tecnologías que, evidentemente, iban a progresar y con ellas también nuestro mundo y nuestra forma de ser, ¿no podríamos haber mantenido al menos el sentido de lo romántico? Porque una llamada telefónica no vale tanto como una carta bien escrita, porque las cenas a la luz de las velas no son más que veladas cursis e incómodas que pretenden ser algo más, porque San Valentín no debería ser el único día en el que las mujeres puedan recibir flores sin que sus parejas sean considerados unos blandengues y unos maricas por los demás, porque una caja de bonbones Milka en forma de corazón no es más que una horterada y un intento de "lavarse las manos" y cumplir con una obligación romántica. En definitiva, porque lo romántico en aquellos tiempos no era la consecuencia molesta de una convivencia en pareja, sino su causa.
domingo, 6 de junio de 2010
Un poema ... mi poema ...
Hola a todos mis fieles lectores (ya sé que sólo sois dos, pero aun así ... ;-))!!!
Os muestro un poema que escribí en una época turbulenta (como tantas otras) que atravesé hace no mucho tiempo. Es algo muy personal y muy significativo para mí. En su tiempo sirvió como válvula de escape para una mente atormentada ... Os lo dedico a todos vosotros que me entendéis y que seguís mi blog porque os aporta algo, por muy pequeñito que sea ...
Y de nuevo no me entiendes
Me das la mano, cuando añoro tu abrazo
Las llamas de mi infierno enciendes
Con lágrimas yo el camino para irme trazo
Tus brazos ciñen mi cintura
Guerra de almas ... ¡qué locura!
Ameno es, y sin embargo es tortura
tu corazón de plomo con dorada cobertura.
Sin tí mi alma es un desierto,
Contigo, sola también me despierto.
Los pecados que cometes cúbreslos de erotismo,
mas no consigues disfrazar tu despotismo.
Las olas de tu mar rompen mis sentimientos
Comprendo que los tuyos son cuentos ...
Un hurracán dentro de mí se enfurece ...
mi abnegación por tu amor me entristece.
No era esto lo que yo quería
mas ya es tarde, capturaste en tu mente
aquellas noches que a gritos te pedía:
„No puedo escapar. Soy tuya, ¡Sé clemente!“
Estoy al borde del abismo
¿No ves que miro hacia atrás?
Me golpea en la cara tu cinismo
Y si yo salto, me pregunto: ¿Saltarás?
Tu cobardía se refleja en mis ojos
Me haces daño, no es la primera vez.
No son deseos, son antojos
Tus repentinos arrebatos de embriaguez.
Arrodillada, sufro la derrota
deplorando la perdida libertad
me dejaste con el alma rota
En tu cabeza calma, en mi mente tempestad!
Al fin conozco el enigma
En mi piel dejaste tu estigma
Y desde la primera vez que me dijiste: ¡Hola!
Yo soy un blanco, tú – pistola.
Os muestro un poema que escribí en una época turbulenta (como tantas otras) que atravesé hace no mucho tiempo. Es algo muy personal y muy significativo para mí. En su tiempo sirvió como válvula de escape para una mente atormentada ... Os lo dedico a todos vosotros que me entendéis y que seguís mi blog porque os aporta algo, por muy pequeñito que sea ...
Y de nuevo no me entiendes
Me das la mano, cuando añoro tu abrazo
Las llamas de mi infierno enciendes
Con lágrimas yo el camino para irme trazo
Tus brazos ciñen mi cintura
Guerra de almas ... ¡qué locura!
Ameno es, y sin embargo es tortura
tu corazón de plomo con dorada cobertura.
Sin tí mi alma es un desierto,
Contigo, sola también me despierto.
Los pecados que cometes cúbreslos de erotismo,
mas no consigues disfrazar tu despotismo.
Las olas de tu mar rompen mis sentimientos
Comprendo que los tuyos son cuentos ...
Un hurracán dentro de mí se enfurece ...
mi abnegación por tu amor me entristece.
No era esto lo que yo quería
mas ya es tarde, capturaste en tu mente
aquellas noches que a gritos te pedía:
„No puedo escapar. Soy tuya, ¡Sé clemente!“
Estoy al borde del abismo
¿No ves que miro hacia atrás?
Me golpea en la cara tu cinismo
Y si yo salto, me pregunto: ¿Saltarás?
Tu cobardía se refleja en mis ojos
Me haces daño, no es la primera vez.
No son deseos, son antojos
Tus repentinos arrebatos de embriaguez.
Arrodillada, sufro la derrota
deplorando la perdida libertad
me dejaste con el alma rota
En tu cabeza calma, en mi mente tempestad!
Al fin conozco el enigma
En mi piel dejaste tu estigma
Y desde la primera vez que me dijiste: ¡Hola!
Yo soy un blanco, tú – pistola.
martes, 18 de mayo de 2010
De los deseos, la suerte y las falsas creencias
Este finde estuve en Sofía con una amiga y mientras paseábamos por las calles de la ciudad admirando las bellezas de lo que antaño (y muy equivocadamente) nos había parecido un pueblo transilvano, nos encontramos delante de la Iglesia Rusa – un edificio viejo y muy bonito, construido en el típico estilo ortodoxo del este, lugar de interés para los turistas. Hicimos las fotos obligatorias, pusimos las caras pertinentes en las mismas, intercambiamos „sabias“ opiniones acerca del objeto de nuestro interés y, justo cuando nos disponíamos a irnos, topamos con un huevo del tamaño del pollo amarillo del Barrio Sésamo, pintado cual huevo de Pascua y adornado con un letrero que decía en dos idiomas: „El Huevo de la Felicidad“. Y debajo, „Toca el huevo y pide un deseo“. ¡Y nos lanzamos a por él!
A pesar de no ser supersticiosa y de no dar mucho crédito a esas falsas creencias que gente retorcida y cruel inventa para hacer más difícil la vida de otra gente mucho más retorcida (aunque en el buen sentido), pero indudablemente menos cruel, me acerqué al huevo y me hice una foto con él tocándolo suavemente, como una señorita que soy. Siempre lo hago, por si acaso. Igual que cumplo los cánones de los mandamientos supersticiosos, ya sabéis, por si las moscas ...Y aquí me surge una duda trascendental: ¿Será que soy una supersticiosa y una creyente (en la buena suerte y esas cosas, no me meto aquí en el profundo tema de la religión) encubierta, o es que, simplemente, soy una tonta más del montón que no tiene más criterio y más voluntad que seguir las tonterías ajenas cual mandamientos de Dios? Porque si cumples „por si acaso“ significa que el „rito“ en cuestión te inculca, si no miedo, al menos respeto. Y si respetas algo así, será que crees en ello, ¿no?
Y claro, puestos en un momento así, nos preguntamos, frenéticos, „¿Qué pido?“. Porque aunque no creamos y aunque haga mucho tiempo desde la última vez que dirigimos un deseo sincero al Dios en el que creemos, de repente, ese Huevo nos parece bastante fiable y sentimos que podemos confiarle hasta nuestros secretos más íntimos. Y la situación se vuelve de vital importancia.
En mi cabeza nació una tormenta de ideas que volaban alrededor sin paradero establecido y chocaban contra la pared interna del cráneo, confundiéndome hasta el punto de la histeria. Y volaron las preguntas superficiales que tan profundas me parecían en aquel momento, por culpa de mi mente entumecida: ¿Pido algo concreto?, ¿Tal vez un portátil? No. Un objeto no, que es de materialistas y no le gustará al Huevo. Tiene que ser algo sincero, algo humano. Y en este momento crucial nos acordamos de nuestra condición de personas humanas y decidimos explorar más hondo en búsqueda de la humanidad perdida. ¿Y ahora qué? ¿Salud? ¿Amor? ¿Dinero? Yo salí astuta y pensé: „Es el huevo de la felicidad. Le pido que me traiga felicidad (en ella ya van incluidos todos lo elementos de menor rango que la componen)“. Y como me pareció un deseo bastante grande, también me pareció que un simple toque no era suficiente y abracé al Huevo con todas mis fuerzas.
El Huevo no me rechazó, no tenía a dónde ir. Mucho después, cuando miraba las fotos que nos hicimos aquella soleada mañana en Sofía, llegué a las dos fotos que me hice con él. Y, a pesar de no ser muy fotogénica, constaté que había salido muy bien en las dos. Tenía la cara radiante, sincera. En aquel momento era feliz. Pensé en el papel que desempeña aquél triste Huevo anclado en medio de la ciudad como un imán para los turistas y los creyentes que antes habría tachado de descerebrados. Y me dí cuenta de que no era triste, sino feliz. Porque todos los días es testigo de algo que ya no se ve: personas que se sinceran consigo mismas, gente que deja a un lado los problemas cotidianos y se ahonda en sus sentimientos para desenterrar principios valerosos e ideales algo abandonados. Y, por un momento, movidos por la fuerza mágica de la esperanza que posee un Huevo gigantón, volvemos a ser personas y compartimos tales emociones con este Huevo que nos escucha. Y nos trae felicidad.
Porque de tantas hostias que nos da la vida nos volvemos pesimistas y cerrados y dejamos de creer en la Esperanza. Metidos de lleno en la miseria personal, creyendo que la Esperanza lleva nombre de mujer, nos olvidamos de que ésta puede venir disfrazada de cualquier cosa. Incluso de un enorme Huevo de Pascuas.
A pesar de no ser supersticiosa y de no dar mucho crédito a esas falsas creencias que gente retorcida y cruel inventa para hacer más difícil la vida de otra gente mucho más retorcida (aunque en el buen sentido), pero indudablemente menos cruel, me acerqué al huevo y me hice una foto con él tocándolo suavemente, como una señorita que soy. Siempre lo hago, por si acaso. Igual que cumplo los cánones de los mandamientos supersticiosos, ya sabéis, por si las moscas ...Y aquí me surge una duda trascendental: ¿Será que soy una supersticiosa y una creyente (en la buena suerte y esas cosas, no me meto aquí en el profundo tema de la religión) encubierta, o es que, simplemente, soy una tonta más del montón que no tiene más criterio y más voluntad que seguir las tonterías ajenas cual mandamientos de Dios? Porque si cumples „por si acaso“ significa que el „rito“ en cuestión te inculca, si no miedo, al menos respeto. Y si respetas algo así, será que crees en ello, ¿no?
Y claro, puestos en un momento así, nos preguntamos, frenéticos, „¿Qué pido?“. Porque aunque no creamos y aunque haga mucho tiempo desde la última vez que dirigimos un deseo sincero al Dios en el que creemos, de repente, ese Huevo nos parece bastante fiable y sentimos que podemos confiarle hasta nuestros secretos más íntimos. Y la situación se vuelve de vital importancia.
En mi cabeza nació una tormenta de ideas que volaban alrededor sin paradero establecido y chocaban contra la pared interna del cráneo, confundiéndome hasta el punto de la histeria. Y volaron las preguntas superficiales que tan profundas me parecían en aquel momento, por culpa de mi mente entumecida: ¿Pido algo concreto?, ¿Tal vez un portátil? No. Un objeto no, que es de materialistas y no le gustará al Huevo. Tiene que ser algo sincero, algo humano. Y en este momento crucial nos acordamos de nuestra condición de personas humanas y decidimos explorar más hondo en búsqueda de la humanidad perdida. ¿Y ahora qué? ¿Salud? ¿Amor? ¿Dinero? Yo salí astuta y pensé: „Es el huevo de la felicidad. Le pido que me traiga felicidad (en ella ya van incluidos todos lo elementos de menor rango que la componen)“. Y como me pareció un deseo bastante grande, también me pareció que un simple toque no era suficiente y abracé al Huevo con todas mis fuerzas.
El Huevo no me rechazó, no tenía a dónde ir. Mucho después, cuando miraba las fotos que nos hicimos aquella soleada mañana en Sofía, llegué a las dos fotos que me hice con él. Y, a pesar de no ser muy fotogénica, constaté que había salido muy bien en las dos. Tenía la cara radiante, sincera. En aquel momento era feliz. Pensé en el papel que desempeña aquél triste Huevo anclado en medio de la ciudad como un imán para los turistas y los creyentes que antes habría tachado de descerebrados. Y me dí cuenta de que no era triste, sino feliz. Porque todos los días es testigo de algo que ya no se ve: personas que se sinceran consigo mismas, gente que deja a un lado los problemas cotidianos y se ahonda en sus sentimientos para desenterrar principios valerosos e ideales algo abandonados. Y, por un momento, movidos por la fuerza mágica de la esperanza que posee un Huevo gigantón, volvemos a ser personas y compartimos tales emociones con este Huevo que nos escucha. Y nos trae felicidad.
Porque de tantas hostias que nos da la vida nos volvemos pesimistas y cerrados y dejamos de creer en la Esperanza. Metidos de lleno en la miseria personal, creyendo que la Esperanza lleva nombre de mujer, nos olvidamos de que ésta puede venir disfrazada de cualquier cosa. Incluso de un enorme Huevo de Pascuas.
domingo, 9 de mayo de 2010
Sangre Fresca ...

"True Blood" o "Sangre Fresca" es la nueva serie de HBO sobre vampiros. No voy a entrar en detalles sobre porqué me gusta, ya que el gusto de cada uno es algo muy personal y, por otra parte, no tiene sentido hacer publicidad de una serie que ni la necesita ni me paga por hacerlo. La he mencionado porque es otra (la última, en el sentido de nueva) producción que trata sobre vampiros - esas emocionantes, aunque también temibles, criaturas de la noche. La serie me ha hecho disfrutar como hacía tiempo que no lo hacía, pero también me ha hecho reflexionar sobre temas bastante más profundos que los que el guión sugiere.
Me he dado cuenta de que, a pesar de todos mis principios morales y de mi educación (aunque algo frustrada) en los cánones ortodoxos, me resultan muy atractivas las figuras de los vampiros, en concreto de los dos vampiros protagonistas: Bill y Eric. Ha sido un descubrimiento íntimo bastante impactante y, en cierto sentido, revelador. Al principio pensé, metida de lleno en la serie como estaba, que se trataba más bien de la típica sensación de atracción que experimentamos la mayoría de las mujeres al ver una cara bonita en la tele. Y es cierto que ambos actores no están nada mal físicamente. Pero hace algunos días que acabé de ver la segunda temporada y desde entonces, aun sin seguir viéndola, me siento atrapada dentro de la densa red de emociones que crean y tan bien exteriorizan los dos protagonistas (me sigo refiriendo a los dos vampiros en cuestión).
Por un lado está Bill - bueno, agradable, atento, cariñoso, fiel, protector ... es el perfecto caballero. Ésto, combinado con su cara hermosa y la manifiesta tristeza que le abruma en todo momento, hace que sea un personaje irresistible y querido. No sé qué nos pasa a las chicas, que siempre nos resultan tan irresistibles los hombres que viven atormentados, los que sufren por amor; a mí al menos me dan ganas de querer curar sus heridas emocionales. ¿Será una desviación un tanto depravada (aunque en el buen sentido) de nuestro instinto maternal, ese que nos hace cuidar de las personas y querer complacerlas y salvarlas de todo sufrimiento? Me niego a pensar que una cosa tan natural como el instinto de ser madre que cada mujer lleva dentro por razones biológicas ajenas a su voluntad más inmediata podría tener algo que ver con el insano anhelo de emparejarnos con hombres abrumados por problemas íntimos sin resolución clara a la vista. Aun así y, a pesar de todo, a mí, al menos, me resulta encantador el sufrimiento por amor que un hombre pudiera experimentar. Supongo que mi fascinación reside en la infinita belleza del contraste surgido entre la dura coraza exterior de la que se sirve el hombre para protegerse de los peligros emocionales del mundo exterior y su tierna alma, tan bien escondida en la fortaleza de su pretendida virilidad. (¡En cada momento estoy hablando de un determinado tipo de hombres, no pretendo afirmar que cada hombre tiene un alma dentro de la coraza!)
Pero pasemos a Eric: Él es todo lo contrario a Bill. Es un hombre milenario (mientras que Bill sólo tiene 170 años), imponente y salvaje, a veces incluso cruel, brusco y sin escrúpulos que toma de la vida (y de los humanos) lo que le apetezca y cuando le apetezca. Además, es guapísimo, alto y ancho de hombros, rubio y de ojos azules (aunque las dos últimos no son cánones de belleza imprescindibles, al menos a mi juicio). Pero hay algo más en Eric que llama la atención y es su humanidad que a pesar de todas sus vivencias de vampiro ha podido conservar y que tan desesperadamente intenta ocultar detrás de su "fresca" manera de ser. Y hay otra cosa que a mí personalmente me desborda y es su forma de hablar, de moverse, de hacer notar su presencia. Es un hombre poderoso, inteligente, astuto, imponente, que siempre sabe lo que quiere y encuentra la forma adecuada para conseguirlo. Hombre de pocas palabras, no necesita alardear de lo que es. Muy seguro de si mismo, parece que no hay nada que pudiera inmutarle o alterar su paz interior, salvo, probablemente, algún problema sentimental de índole amorosa. Es justo el tipo de hombre que yo necesito, alguien capaz de hacerme tomar una decisión (algo que tanto me cuesta) y hacerme sentir que yo he sido la única que la ha tomado; alguien que sepa darme en cada momento el leve empujoncito que necesite, lo suficientemente hábil para que yo no me percate. En definitiva, un hombre que sepa siempre lo que quiero y lo que necesito (ya que yo raras veces lo sé) y que siempre se adelante a mis deseos y necesidades. O como decía una amiga, que me traiga un vaso de agua antes de que me haya dado cuenta de estar sedienta.
Estos dos personajes, por desgracia, no existen en la vida real. De aquí sacamos dos conclusiones muy importantes: Primero, que las mejores figuras literarias y cinematográficas que responden a ese perfil de vampiro atormentado son siempre fruto de "enfermas" mentes femeninas, retorcidas por la enorme desolación que les produce la idea de no poder encontrar al hombre "perfecto". La segunda, que esos hombres "perfectos" no existen en la vida real porque, mientras que los vampiros tienen, supuestamente, muchos siglos para desarrollarse y llegar a ser lo que son, los hombres en la vida real raras veces superan los cien años y puesto que tardan mucho en evolucionar (mucho más que las mujeres, desde luego) y tampoco se toman excesivas molestias en intentar mejorar los numerosos aspectos de su personalidad que piden a gritos una renovación, casi nunca llegan a crecer lo suficiente para desplegar toda la capacidad de sus emociones, a madurar del todo, en definitiva.
Por último, voy a hacer una confesión: Mientras cavilaba acerca de qué es lo que tanto me agrada de los vampiros, me dí cuenta de que es esa mezcla explosiva de bestia-hombre, el contraste entre el corazón tierno y humano y la naturaleza de depredador lo que más me seduce y me incita a fantasear con las cualidades de un posible prototipo de mi hombre ideal: salvaje, indomable, de poder, seguro de si mismo hasta el punto de no querer alardear, presumir o vanagloriarse, que diga lo justo y en el tiempo justo, que sea malo con los demás (no conmigo, por supuesto) fiel a sus instintos, que no le importe lo que piensen los demás, que sea arogante, inaccesible y misterioso, todo lo cual me convertiría en su único refugio, en alguien realmente especial a quien ha descubierto su frágil corazón.
¿Tendrá mi invalidez emocional algo que ver con el hecho de que no existe tal ser en la Tierra o, simplemente, se debe al desdoblamiento de mi voluntad, ya que la razón me dicta no buscar lo que mi sensualidad desea?
Me he dado cuenta de que, a pesar de todos mis principios morales y de mi educación (aunque algo frustrada) en los cánones ortodoxos, me resultan muy atractivas las figuras de los vampiros, en concreto de los dos vampiros protagonistas: Bill y Eric. Ha sido un descubrimiento íntimo bastante impactante y, en cierto sentido, revelador. Al principio pensé, metida de lleno en la serie como estaba, que se trataba más bien de la típica sensación de atracción que experimentamos la mayoría de las mujeres al ver una cara bonita en la tele. Y es cierto que ambos actores no están nada mal físicamente. Pero hace algunos días que acabé de ver la segunda temporada y desde entonces, aun sin seguir viéndola, me siento atrapada dentro de la densa red de emociones que crean y tan bien exteriorizan los dos protagonistas (me sigo refiriendo a los dos vampiros en cuestión).
Por un lado está Bill - bueno, agradable, atento, cariñoso, fiel, protector ... es el perfecto caballero. Ésto, combinado con su cara hermosa y la manifiesta tristeza que le abruma en todo momento, hace que sea un personaje irresistible y querido. No sé qué nos pasa a las chicas, que siempre nos resultan tan irresistibles los hombres que viven atormentados, los que sufren por amor; a mí al menos me dan ganas de querer curar sus heridas emocionales. ¿Será una desviación un tanto depravada (aunque en el buen sentido) de nuestro instinto maternal, ese que nos hace cuidar de las personas y querer complacerlas y salvarlas de todo sufrimiento? Me niego a pensar que una cosa tan natural como el instinto de ser madre que cada mujer lleva dentro por razones biológicas ajenas a su voluntad más inmediata podría tener algo que ver con el insano anhelo de emparejarnos con hombres abrumados por problemas íntimos sin resolución clara a la vista. Aun así y, a pesar de todo, a mí, al menos, me resulta encantador el sufrimiento por amor que un hombre pudiera experimentar. Supongo que mi fascinación reside en la infinita belleza del contraste surgido entre la dura coraza exterior de la que se sirve el hombre para protegerse de los peligros emocionales del mundo exterior y su tierna alma, tan bien escondida en la fortaleza de su pretendida virilidad. (¡En cada momento estoy hablando de un determinado tipo de hombres, no pretendo afirmar que cada hombre tiene un alma dentro de la coraza!)
Pero pasemos a Eric: Él es todo lo contrario a Bill. Es un hombre milenario (mientras que Bill sólo tiene 170 años), imponente y salvaje, a veces incluso cruel, brusco y sin escrúpulos que toma de la vida (y de los humanos) lo que le apetezca y cuando le apetezca. Además, es guapísimo, alto y ancho de hombros, rubio y de ojos azules (aunque las dos últimos no son cánones de belleza imprescindibles, al menos a mi juicio). Pero hay algo más en Eric que llama la atención y es su humanidad que a pesar de todas sus vivencias de vampiro ha podido conservar y que tan desesperadamente intenta ocultar detrás de su "fresca" manera de ser. Y hay otra cosa que a mí personalmente me desborda y es su forma de hablar, de moverse, de hacer notar su presencia. Es un hombre poderoso, inteligente, astuto, imponente, que siempre sabe lo que quiere y encuentra la forma adecuada para conseguirlo. Hombre de pocas palabras, no necesita alardear de lo que es. Muy seguro de si mismo, parece que no hay nada que pudiera inmutarle o alterar su paz interior, salvo, probablemente, algún problema sentimental de índole amorosa. Es justo el tipo de hombre que yo necesito, alguien capaz de hacerme tomar una decisión (algo que tanto me cuesta) y hacerme sentir que yo he sido la única que la ha tomado; alguien que sepa darme en cada momento el leve empujoncito que necesite, lo suficientemente hábil para que yo no me percate. En definitiva, un hombre que sepa siempre lo que quiero y lo que necesito (ya que yo raras veces lo sé) y que siempre se adelante a mis deseos y necesidades. O como decía una amiga, que me traiga un vaso de agua antes de que me haya dado cuenta de estar sedienta.
Estos dos personajes, por desgracia, no existen en la vida real. De aquí sacamos dos conclusiones muy importantes: Primero, que las mejores figuras literarias y cinematográficas que responden a ese perfil de vampiro atormentado son siempre fruto de "enfermas" mentes femeninas, retorcidas por la enorme desolación que les produce la idea de no poder encontrar al hombre "perfecto". La segunda, que esos hombres "perfectos" no existen en la vida real porque, mientras que los vampiros tienen, supuestamente, muchos siglos para desarrollarse y llegar a ser lo que son, los hombres en la vida real raras veces superan los cien años y puesto que tardan mucho en evolucionar (mucho más que las mujeres, desde luego) y tampoco se toman excesivas molestias en intentar mejorar los numerosos aspectos de su personalidad que piden a gritos una renovación, casi nunca llegan a crecer lo suficiente para desplegar toda la capacidad de sus emociones, a madurar del todo, en definitiva.
Por último, voy a hacer una confesión: Mientras cavilaba acerca de qué es lo que tanto me agrada de los vampiros, me dí cuenta de que es esa mezcla explosiva de bestia-hombre, el contraste entre el corazón tierno y humano y la naturaleza de depredador lo que más me seduce y me incita a fantasear con las cualidades de un posible prototipo de mi hombre ideal: salvaje, indomable, de poder, seguro de si mismo hasta el punto de no querer alardear, presumir o vanagloriarse, que diga lo justo y en el tiempo justo, que sea malo con los demás (no conmigo, por supuesto) fiel a sus instintos, que no le importe lo que piensen los demás, que sea arogante, inaccesible y misterioso, todo lo cual me convertiría en su único refugio, en alguien realmente especial a quien ha descubierto su frágil corazón.
¿Tendrá mi invalidez emocional algo que ver con el hecho de que no existe tal ser en la Tierra o, simplemente, se debe al desdoblamiento de mi voluntad, ya que la razón me dicta no buscar lo que mi sensualidad desea?
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