miércoles, 8 de septiembre de 2010

Vanity Fair

Dicen que cualquier virtud o defecto es bueno en su justa medida. ¿Y qué hay de la vanidad? Podría decirse que es la nueva enfermedad de las masas, la peste negra de las dos últimas décadas. Ha existido siempre, ¿qué duda cabe?, pero es ahora cuando ha alcanzado su máximo poder y dominio sobre la humanidad. Lo que la hace particularmente repulsiva ahora es su descomunal divulgación entre la muchedumbre y el hecho de que esa misma muchedumbre ya no exige ser admirada por sus méritos (cualesquiera que esos méritos fuesen siglos atrás), sino por algo que no deja de asombrarme: la superficialidad personal y el alejamiento de lo natural – superficialidad, nutrida por materialismo patológico y falta de valores y ética personal, y una huida de lo natural, alcanzando un nivel de artificialidad tanto mental como corporal, espejo de la decadencia de personalidad que cada uno lleva dentro pero que ninguno ve ni comprende.
El falso valor del dinero – un mal derivado del capitalismo - fomenta la vanidad. Es la variable independiente que condiciona tal lacra mediante una función de proporcionalidad directa entre el tamaño del vicio y el peso del dinero que cada uno posee. El abismo que hay entre el Norte y el Sur, entre los ricos y los pobres marca los límites de tal distanciamiento y falta de interés por parte de los primeros. Deja de importarles lo que sufren algunos, no piensan en cómo ayudar. Mientras, adquiere vital importancia hacerse con un coche más caro, tener el mejor peinado del barrio o presumir de cuerpo „sano“ y „jóven“ a los setenta. La belleza – física, por supuesto – alcanza una nueva magnitud en el siglo de la superficialidad mundana, alimentada por los rapaces medios de comunicación que la difunden. Cegados por el resplandor de su hechizo, esogemos no ver la impertinencia de esos falsos valores que nos inculcan las mentes perversas detrás de un malvado sistema llamado capitalismo. Y es que ante la fuerza incuestionable de un bolsillo lleno nos olvidamos del humanismo y volvemos las miradas para admirar el falso brillo de una felicidad comprada. Así somos todos, algunos más que otros, por supuesto, pero todos, al fin y al cabo, por ser todos unos simples mortales. Escondemos las cabezas en la arena, como los avestruces, para no tener que mirar la miseria que algunos llevan escrita en la cara. Y si, por alguna remota casualidad, a algunos les queda un granito de piedad, deciden matarlo para que no les incordie. „Cada uno tiene lo que se merece“, me dijo alguien alguna vez. ¿En serio? ¿Es esta nuestra respuesta ante tal injusticia humana? ¡Es muy triste que esa vana convicción sea suficiente para que algunos duerman bien por las noches! Y claro, ellos merecen ser ricos e inconscientes, muchos de ellos explotadores, otros manipuladores o maltratadores, y otros simplemente personas insignificantes, necias y muy superficiales que no se dan cuenta de lo que han llegado a ser, de la pérdida de su condición de humanos y de lo poco que valen en realidad todas esas creencias materiales que tanto adoran y defienden. Porque si no somos buenos por dentro, si no valoramos la empatía, la misericordia, la tolerancia y la caridad, si no creemos que cada uno merece vivir en un mundo mejor y no queremos ayudar, aun si está a nuestro alcance, entonces, ¿qué nos da derecho a pensar que nosotros mismos merecemos esos derechos que no proclamamos para los prójimos?
Es una tragedia que la gente quiera ser admirada por llevar ropa de marca o por tener implantadas piedrecitas Swarovski en las uñas de los pies. Es una locura pensar que por no poder ayudar a todo el mundo no merece la pena intentar ayudar a unos pocos y seguir, en vez de ello, comprando el „Diez Minutos“ para leerlo del revés mientras miran las fotos de unas famosas-da igual-porqué, porque las noticias les aburren. ¿Hasta cuando vamos a mirar al otro lado para evitar la incómoda verdad de nuestro ocaso? ¿Cómo puede alguien alardear del dinero que se gastó en una cirugía estética, en un entrenador personal, en una nueva „novia“ o en un implante de pechos, mientras haya niños que mueren de hambre cada día? Y lo más lamentable de todo es que esas personas consiguen atraparnos en sus redes de frivolidad, trivialidad y pobreza de espíritu, haciendo que queramos ser como ellos, ¡Dios sabrá cómo y por qué!
¿Somos todos así? ¿Vamos todos al mismo sitio? ¿Existe todavía esperanza para la raza humana o es que todos vamos encaminados – sin prisas, pero sin pausas – hacia el declive definitivo de lo que antes era la especie más racional de la Tierra? No tengo las respuestas pero sí sé una cosa: cada uno lleva dentro de sí la cruz individual de su potencial humano y el grado de nihilismo que éste va alcanzando con los años. De nosotros depende qué haremos con él, pero tal y como yo veo las cosas, no nos espera nada bueno. ¡Espero haberme equivocado!

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