domingo, 4 de julio de 2010

Jane Austen y el espíritu romántico ...

Como romántica sin remedio que soy, me gusta mucho Jane Austen. No por el infalible happy end de sus historias de amor que tan felices nos hace siempre, o no sólo por él. Esta autora tiene un encanto personal, un modo de escribir refinado y sofisticado, muy suyo, que hace reconocibles sus escritos entre miles de otros. Es (o, más bien, fue) muy ingeniosa, muy escrupulosa a la hora de elaborar sus historias; sin duda alguna fue un gran genio de la literatura decimonónica. Pero las características de sus obras las puede encontrar el lector en la web, sólo con teclear su nombre en Google. Mi propósito es exponer las razones por las que me gusta a mí, de forma totalmente subjetiva y personal, compartir con vosotros lo que siento cada vez que mi mirada se pierde por las páginas de alguna de sus novelas.
Para empezar, sus personajes son redondos, bien pensados y construidos; las relaciones entre ellos son perfectamente imaginables y creíbles, y todo está descrito de forma amena, pero detallada que no deja nada al azar. Si bien es verdad que no hay mucha acción en sus tramas y que se apoya más bien en las descripciones y en las reflecciones de los personajes, yo no lo achaco sólo a la manera de escribir de la época. Es que Austen era tan buena describiendo paisajes, sentimientos y personas que, en conjunto, su obra difiere del habitual estilo lento y aburrido de la mayoría de los autores coetáneos. ´
Me gustan sus protagonistas: las mujeres, personificaciones de la virtud en su espíritu más lindo, y todas muy distintas a las heroínas adecuadas para la época. Con ello trasciende lo adelantada a su tiempo que fue la autora. Las mujeres no son tan hermosas como cabría esperar de una novela de la época, pero sí inteligentes, aunque esto último no era imprescindible en un mundo de hombres como el de la autora. Todos sus protagonistas masculinos son perfectos caballeros, inteligentes y sensibles, amables, generosos, seguros y ecuánimes, pero muy románticos. Les gusta la poesía y no se avergüenzan de sus sentimientos.
Los caracteres secundarios son a menudo superficiales, tonticos, avariciosos o envidiosas, pero también divertidos, descritos con mucha ironía, que aportan mucho color al relato y hacen de él un mundo.
Pero lo que más me gusta de todo es el ambiente acogedor que Jane Austen crea en sus novelas. La tranquilidad de la vida en el campo, la apacible naturaleza de sus protagonistas que no hacen que las cosas ocurran sino que esperan pacientemente ... Todo esto me traslada a un mundo diferente, pasado, austeniano que se adapta a mi temperamento melancólico y me hace sentir como en casa.
Confieso que a veces me siento fuera de lugar en cuanto a nuestro mundo moderno y dinámico. Prefiero las modales refinadas a la falta de ellos, las cartas escritas a mano al teléfono, la lectura a las películas, y hecho de menos (aun sin haberla vivido) aquella época en la que los seres humanos se paraban a refleccionar de forma pormenorizada acerca de sus actuaciones, en la que los hombres cortejaban a las mujeres y éstas se dejaban cortejar, el tiempo en el que merecía la pena tomarse las molestias de expresar un agradecimiento, excusa o pésame porque éste iba a ser aceptado e iba a significar algo más que un acto automático obligado.
Con todo, soy consciente de lo mucho que hemos progresado desde aquella época y de que existen mil razones para preferir nuestro mundo al austeniano. Entre ellos podría citar la igualdad de sexos, razas y clases sociales, los avances de la medicina, las comodidades de las que disponemos ... Pero no puedo evitar preguntarme, ¿era TODO aquello obsoleto e innecesario? Y, ¿necesitaba TODO ser reformado y modernizado? Dejando aparte las tecnologías que, evidentemente, iban a progresar y con ellas también nuestro mundo y nuestra forma de ser, ¿no podríamos haber mantenido al menos el sentido de lo romántico? Porque una llamada telefónica no vale tanto como una carta bien escrita, porque las cenas a la luz de las velas no son más que veladas cursis e incómodas que pretenden ser algo más, porque San Valentín no debería ser el único día en el que las mujeres puedan recibir flores sin que sus parejas sean considerados unos blandengues y unos maricas por los demás, porque una caja de bonbones Milka en forma de corazón no es más que una horterada y un intento de "lavarse las manos" y cumplir con una obligación romántica. En definitiva, porque lo romántico en aquellos tiempos no era la consecuencia molesta de una convivencia en pareja, sino su causa.

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