
"True Blood" o "Sangre Fresca" es la nueva serie de HBO sobre vampiros. No voy a entrar en detalles sobre porqué me gusta, ya que el gusto de cada uno es algo muy personal y, por otra parte, no tiene sentido hacer publicidad de una serie que ni la necesita ni me paga por hacerlo. La he mencionado porque es otra (la última, en el sentido de nueva) producción que trata sobre vampiros - esas emocionantes, aunque también temibles, criaturas de la noche. La serie me ha hecho disfrutar como hacía tiempo que no lo hacía, pero también me ha hecho reflexionar sobre temas bastante más profundos que los que el guión sugiere.
Me he dado cuenta de que, a pesar de todos mis principios morales y de mi educación (aunque algo frustrada) en los cánones ortodoxos, me resultan muy atractivas las figuras de los vampiros, en concreto de los dos vampiros protagonistas: Bill y Eric. Ha sido un descubrimiento íntimo bastante impactante y, en cierto sentido, revelador. Al principio pensé, metida de lleno en la serie como estaba, que se trataba más bien de la típica sensación de atracción que experimentamos la mayoría de las mujeres al ver una cara bonita en la tele. Y es cierto que ambos actores no están nada mal físicamente. Pero hace algunos días que acabé de ver la segunda temporada y desde entonces, aun sin seguir viéndola, me siento atrapada dentro de la densa red de emociones que crean y tan bien exteriorizan los dos protagonistas (me sigo refiriendo a los dos vampiros en cuestión).
Por un lado está Bill - bueno, agradable, atento, cariñoso, fiel, protector ... es el perfecto caballero. Ésto, combinado con su cara hermosa y la manifiesta tristeza que le abruma en todo momento, hace que sea un personaje irresistible y querido. No sé qué nos pasa a las chicas, que siempre nos resultan tan irresistibles los hombres que viven atormentados, los que sufren por amor; a mí al menos me dan ganas de querer curar sus heridas emocionales. ¿Será una desviación un tanto depravada (aunque en el buen sentido) de nuestro instinto maternal, ese que nos hace cuidar de las personas y querer complacerlas y salvarlas de todo sufrimiento? Me niego a pensar que una cosa tan natural como el instinto de ser madre que cada mujer lleva dentro por razones biológicas ajenas a su voluntad más inmediata podría tener algo que ver con el insano anhelo de emparejarnos con hombres abrumados por problemas íntimos sin resolución clara a la vista. Aun así y, a pesar de todo, a mí, al menos, me resulta encantador el sufrimiento por amor que un hombre pudiera experimentar. Supongo que mi fascinación reside en la infinita belleza del contraste surgido entre la dura coraza exterior de la que se sirve el hombre para protegerse de los peligros emocionales del mundo exterior y su tierna alma, tan bien escondida en la fortaleza de su pretendida virilidad. (¡En cada momento estoy hablando de un determinado tipo de hombres, no pretendo afirmar que cada hombre tiene un alma dentro de la coraza!)
Pero pasemos a Eric: Él es todo lo contrario a Bill. Es un hombre milenario (mientras que Bill sólo tiene 170 años), imponente y salvaje, a veces incluso cruel, brusco y sin escrúpulos que toma de la vida (y de los humanos) lo que le apetezca y cuando le apetezca. Además, es guapísimo, alto y ancho de hombros, rubio y de ojos azules (aunque las dos últimos no son cánones de belleza imprescindibles, al menos a mi juicio). Pero hay algo más en Eric que llama la atención y es su humanidad que a pesar de todas sus vivencias de vampiro ha podido conservar y que tan desesperadamente intenta ocultar detrás de su "fresca" manera de ser. Y hay otra cosa que a mí personalmente me desborda y es su forma de hablar, de moverse, de hacer notar su presencia. Es un hombre poderoso, inteligente, astuto, imponente, que siempre sabe lo que quiere y encuentra la forma adecuada para conseguirlo. Hombre de pocas palabras, no necesita alardear de lo que es. Muy seguro de si mismo, parece que no hay nada que pudiera inmutarle o alterar su paz interior, salvo, probablemente, algún problema sentimental de índole amorosa. Es justo el tipo de hombre que yo necesito, alguien capaz de hacerme tomar una decisión (algo que tanto me cuesta) y hacerme sentir que yo he sido la única que la ha tomado; alguien que sepa darme en cada momento el leve empujoncito que necesite, lo suficientemente hábil para que yo no me percate. En definitiva, un hombre que sepa siempre lo que quiero y lo que necesito (ya que yo raras veces lo sé) y que siempre se adelante a mis deseos y necesidades. O como decía una amiga, que me traiga un vaso de agua antes de que me haya dado cuenta de estar sedienta.
Estos dos personajes, por desgracia, no existen en la vida real. De aquí sacamos dos conclusiones muy importantes: Primero, que las mejores figuras literarias y cinematográficas que responden a ese perfil de vampiro atormentado son siempre fruto de "enfermas" mentes femeninas, retorcidas por la enorme desolación que les produce la idea de no poder encontrar al hombre "perfecto". La segunda, que esos hombres "perfectos" no existen en la vida real porque, mientras que los vampiros tienen, supuestamente, muchos siglos para desarrollarse y llegar a ser lo que son, los hombres en la vida real raras veces superan los cien años y puesto que tardan mucho en evolucionar (mucho más que las mujeres, desde luego) y tampoco se toman excesivas molestias en intentar mejorar los numerosos aspectos de su personalidad que piden a gritos una renovación, casi nunca llegan a crecer lo suficiente para desplegar toda la capacidad de sus emociones, a madurar del todo, en definitiva.
Por último, voy a hacer una confesión: Mientras cavilaba acerca de qué es lo que tanto me agrada de los vampiros, me dí cuenta de que es esa mezcla explosiva de bestia-hombre, el contraste entre el corazón tierno y humano y la naturaleza de depredador lo que más me seduce y me incita a fantasear con las cualidades de un posible prototipo de mi hombre ideal: salvaje, indomable, de poder, seguro de si mismo hasta el punto de no querer alardear, presumir o vanagloriarse, que diga lo justo y en el tiempo justo, que sea malo con los demás (no conmigo, por supuesto) fiel a sus instintos, que no le importe lo que piensen los demás, que sea arogante, inaccesible y misterioso, todo lo cual me convertiría en su único refugio, en alguien realmente especial a quien ha descubierto su frágil corazón.
¿Tendrá mi invalidez emocional algo que ver con el hecho de que no existe tal ser en la Tierra o, simplemente, se debe al desdoblamiento de mi voluntad, ya que la razón me dicta no buscar lo que mi sensualidad desea?
Me he dado cuenta de que, a pesar de todos mis principios morales y de mi educación (aunque algo frustrada) en los cánones ortodoxos, me resultan muy atractivas las figuras de los vampiros, en concreto de los dos vampiros protagonistas: Bill y Eric. Ha sido un descubrimiento íntimo bastante impactante y, en cierto sentido, revelador. Al principio pensé, metida de lleno en la serie como estaba, que se trataba más bien de la típica sensación de atracción que experimentamos la mayoría de las mujeres al ver una cara bonita en la tele. Y es cierto que ambos actores no están nada mal físicamente. Pero hace algunos días que acabé de ver la segunda temporada y desde entonces, aun sin seguir viéndola, me siento atrapada dentro de la densa red de emociones que crean y tan bien exteriorizan los dos protagonistas (me sigo refiriendo a los dos vampiros en cuestión).
Por un lado está Bill - bueno, agradable, atento, cariñoso, fiel, protector ... es el perfecto caballero. Ésto, combinado con su cara hermosa y la manifiesta tristeza que le abruma en todo momento, hace que sea un personaje irresistible y querido. No sé qué nos pasa a las chicas, que siempre nos resultan tan irresistibles los hombres que viven atormentados, los que sufren por amor; a mí al menos me dan ganas de querer curar sus heridas emocionales. ¿Será una desviación un tanto depravada (aunque en el buen sentido) de nuestro instinto maternal, ese que nos hace cuidar de las personas y querer complacerlas y salvarlas de todo sufrimiento? Me niego a pensar que una cosa tan natural como el instinto de ser madre que cada mujer lleva dentro por razones biológicas ajenas a su voluntad más inmediata podría tener algo que ver con el insano anhelo de emparejarnos con hombres abrumados por problemas íntimos sin resolución clara a la vista. Aun así y, a pesar de todo, a mí, al menos, me resulta encantador el sufrimiento por amor que un hombre pudiera experimentar. Supongo que mi fascinación reside en la infinita belleza del contraste surgido entre la dura coraza exterior de la que se sirve el hombre para protegerse de los peligros emocionales del mundo exterior y su tierna alma, tan bien escondida en la fortaleza de su pretendida virilidad. (¡En cada momento estoy hablando de un determinado tipo de hombres, no pretendo afirmar que cada hombre tiene un alma dentro de la coraza!)
Pero pasemos a Eric: Él es todo lo contrario a Bill. Es un hombre milenario (mientras que Bill sólo tiene 170 años), imponente y salvaje, a veces incluso cruel, brusco y sin escrúpulos que toma de la vida (y de los humanos) lo que le apetezca y cuando le apetezca. Además, es guapísimo, alto y ancho de hombros, rubio y de ojos azules (aunque las dos últimos no son cánones de belleza imprescindibles, al menos a mi juicio). Pero hay algo más en Eric que llama la atención y es su humanidad que a pesar de todas sus vivencias de vampiro ha podido conservar y que tan desesperadamente intenta ocultar detrás de su "fresca" manera de ser. Y hay otra cosa que a mí personalmente me desborda y es su forma de hablar, de moverse, de hacer notar su presencia. Es un hombre poderoso, inteligente, astuto, imponente, que siempre sabe lo que quiere y encuentra la forma adecuada para conseguirlo. Hombre de pocas palabras, no necesita alardear de lo que es. Muy seguro de si mismo, parece que no hay nada que pudiera inmutarle o alterar su paz interior, salvo, probablemente, algún problema sentimental de índole amorosa. Es justo el tipo de hombre que yo necesito, alguien capaz de hacerme tomar una decisión (algo que tanto me cuesta) y hacerme sentir que yo he sido la única que la ha tomado; alguien que sepa darme en cada momento el leve empujoncito que necesite, lo suficientemente hábil para que yo no me percate. En definitiva, un hombre que sepa siempre lo que quiero y lo que necesito (ya que yo raras veces lo sé) y que siempre se adelante a mis deseos y necesidades. O como decía una amiga, que me traiga un vaso de agua antes de que me haya dado cuenta de estar sedienta.
Estos dos personajes, por desgracia, no existen en la vida real. De aquí sacamos dos conclusiones muy importantes: Primero, que las mejores figuras literarias y cinematográficas que responden a ese perfil de vampiro atormentado son siempre fruto de "enfermas" mentes femeninas, retorcidas por la enorme desolación que les produce la idea de no poder encontrar al hombre "perfecto". La segunda, que esos hombres "perfectos" no existen en la vida real porque, mientras que los vampiros tienen, supuestamente, muchos siglos para desarrollarse y llegar a ser lo que son, los hombres en la vida real raras veces superan los cien años y puesto que tardan mucho en evolucionar (mucho más que las mujeres, desde luego) y tampoco se toman excesivas molestias en intentar mejorar los numerosos aspectos de su personalidad que piden a gritos una renovación, casi nunca llegan a crecer lo suficiente para desplegar toda la capacidad de sus emociones, a madurar del todo, en definitiva.
Por último, voy a hacer una confesión: Mientras cavilaba acerca de qué es lo que tanto me agrada de los vampiros, me dí cuenta de que es esa mezcla explosiva de bestia-hombre, el contraste entre el corazón tierno y humano y la naturaleza de depredador lo que más me seduce y me incita a fantasear con las cualidades de un posible prototipo de mi hombre ideal: salvaje, indomable, de poder, seguro de si mismo hasta el punto de no querer alardear, presumir o vanagloriarse, que diga lo justo y en el tiempo justo, que sea malo con los demás (no conmigo, por supuesto) fiel a sus instintos, que no le importe lo que piensen los demás, que sea arogante, inaccesible y misterioso, todo lo cual me convertiría en su único refugio, en alguien realmente especial a quien ha descubierto su frágil corazón.
¿Tendrá mi invalidez emocional algo que ver con el hecho de que no existe tal ser en la Tierra o, simplemente, se debe al desdoblamiento de mi voluntad, ya que la razón me dicta no buscar lo que mi sensualidad desea?
Hace poco escuché de alguien, o en algún sitio que a las mujeres en general se nos hacían más atractivos los personajes abrumados por los avatares y esas cosas que les hacían sufrir y tal... Debe ser cuestión de instinto y no recuerdo la respuesta, lo siento.
ResponderEliminarDespués de leer esto me siento varonil.....
jajajajaj
Por cierto, está usted en alguna parte además de en su blog?? ha desaparecido??
Paula.
Jajajajaja, Pau, estuve en Sofía este finde pero ya estoy de vuelta. Y ya ni siquiera estoy en el Blog, habrá que retomarlo ...
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